Crecimos inocentes, rodeados de
falsas esperanzas sin pies, ni cabeza. Nos creímos todas aquellas aventuras de
caballeros que buscan doncella, todas las películas Disney habidas y por haber,
y todas las historias que nos contaban antes de ir a dormir. Felizmente
ignorantes, vivimos la infancia más estereotipada de todas. Nos taparon los ojos con un manto estampado de
dibujos animados, los cuales siempre lucían sonrientes y coloridos.
Ahora, el viento ha levantado este
manto y ha dejado ver a nuestros ojos. Los que, asombrados, han visto a la sociedad
desnuda, con sus defectos e imperfecciones al aire.
El dinero no sale de las paredes
como nos muestran en “El Dorado”. Los malos de la películas no tienen porqué
ser siempre mujeres. De hecho, ahora,
son políticos con dos dedos de frente y millones de euros escondidos en paraísos
fiscales. Los animales no cantan, ni ayudan en las tareas del hogar. Aunque,
hace falta destacar, que son más cívicos que algunas personas. Las mujeres no
necesitamos ser rescatadas por príncipes azules, principalmente, por que este es
un espécimen nunca visto. Las máquinas no funcionan por arte de magia, funcionan
a base de destrozar el planeta. Y para terminar, no todas las historias tienen
un final feliz.
La indignación que se siente ante
estas situaciones es debida a la impotencia en la que nos encontramos. Estamos
ante la catástrofe dispuestos a darlo todo para cambiar el mundo, pero no tenemos
recursos. Podemos gritar, manifestarnos e, incluso, bombardear las redes sociales con nuestras quejas. Pero
los de arriba seguirán igual: darán falsas soluciones, nos prometerán cambios y, luego,
seguirán contando sus billetes sentados en butacas de cuero.
Desde pequeños soñamos en cuentos
de hadas, cuentos maquillados con miles de mentidas asombrosas. Mentidas que
ocultan la realidad de una sociedad manipulada y estereotipada. Mentidas que
nos hacen ser impotentes a todo.
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