Como dos desconocidos, nos miramos a los ojos y solo vemos vacio. Ya no hay
sentimientos que nos unan, somos indiferentes el uno para el otro. Negamos que
hubo algún momento en que fuimos felices. Cerramos puertas a las soluciones y
seguimos adelante como si nada hubiera sucedido.
El uno por el otro perdimos la cabeza e, incluso, los nervios. Únicamente,
durante un breve periodo de tiempo. Al recapacitar, vimos que tanto orgullo nos
haría daño y que la empatía se había perdido por el camino. Ninguno de nosotros
hizo un paso al frente y admitió sus equivocaciones. Tal vez, porque esperábamos
que el primer paso lo hiciera el otro. O, tal vez, porque la cobardía combinada
con la tozudez nos lo impidió a ambos. Hecho que provocó que nuestra última
respuesta fuera: ADIÓS.
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