¿Ves aquella bella mujer?- dijo una muchacha a su
amigo, mientras la observaban andar calle abajo con elegancia. Bueno... todo lo
elegante que puede andar un mujer de, aproximadamente, unos ochenta años.
Aparentemente, muy bien llevados, o maquillados.
¡Yo quiero envejecer así!- admiró la muchacha, a
la vez que la cara de su amigo cambiaba, drásticamente, de parecer. Los
ojos se le salieron de las órbitas y su mandíbula casi tocó el suelo. Tras el
impacto, el amigo se atrevió a decir: ¿Qué me estás contando? Esa, a la que tú
llamas mujer, es una anciana. ¡No digas tonterías!
¡Pues esa mujer, a la que tú llamas anciana, me
ha llamado la atención! Puede que sea por su forma de caminar, sin preocupaciones,
o porque todavía con ochenta años se mantiene en pie...- dijo la muchacha enfurruñada
a su amigo. Aquella mujer transmitía o, más bien, desprendía tranquilidad y
sensatez. Los años habían pasado factura a su bello rostro, a sus manos ahora
temblorosas, a su piel ya arrugada, a su cabello más débil y grisáceo por
momentos, e, incluso, a sus cinco sentidos. Pero, sus ideas parecían seguir en buen
estado, o eso creyó la muchacha.
¡Pero qué dices! Es una simple anciana de ochenta
años, como tu abuela o la mía. Seguro que cocina grandes e interminables
cocidos a sus nietos. Seguro hace sufrir a sus hijos repitiendo, día y noche,
las mismas historias, de su juventud, que les contaba hace diez años. Y, ya
para terminar, el colmo de los ancianos: seguro que padece una pequeña cleptomanía.
Sí, esa extraña adicción que tienen los abuelos de coleccionar bolsitas
de azúcar de los bares, pañuelos sin usar o, simplemente, cualquier cosa
pequeña que pongas a su alcance. ¡No fantasees con una anciana que ni conoces!-
Replicó el amigo creyéndose superior ante la muchacha. Un hecho deplorable.
Aunque, razón no le faltaba…
Realmente, aquella bella mujer, era una anciana.
Sí, seguramente, hubiera sobrealimentado a sus nietos con cocido y hubiera aburrido
a sus hijos con largas historias, si los hubiera tenido. Sí, padecía de una
pequeña cleptomanía, pero no coleccionaba bolsitas de azúcar, ni pañuelos.
Aquella hermosa dama, únicamente, coleccionaba, junto a la soledad, RABIA.
Sí, rabia acumulada tras años, rabia que ocultaba
con buena cara, rabia que robaba de los malos momentos, rabia que ya quemaba.
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