miércoles, 3 de junio de 2015

Ella.

¿Ves aquella bella mujer?- dijo una muchacha a su amigo, mientras la observaban andar calle abajo con elegancia. Bueno... todo lo elegante que puede andar un mujer de, aproximadamente, unos ochenta años. Aparentemente, muy bien llevados, o maquillados.
¡Yo quiero envejecer así!- admiró la muchacha, a la vez que la cara de su amigo cambiaba, drásticamente, de parecer.  Los ojos se le salieron de las órbitas y su mandíbula casi tocó el suelo. Tras el impacto, el amigo se atrevió a decir: ¿Qué me estás contando? Esa, a la que tú llamas mujer, es una anciana. ¡No digas tonterías!
¡Pues esa mujer, a la que tú llamas anciana, me ha llamado la atención! Puede que sea por su forma de caminar, sin preocupaciones, o porque todavía con ochenta años se mantiene en pie...- dijo la muchacha enfurruñada a su amigo. Aquella mujer transmitía o, más bien, desprendía tranquilidad y sensatez. Los años habían pasado factura a su bello rostro, a sus manos ahora temblorosas, a su piel ya arrugada, a su cabello más débil y grisáceo por momentos, e, incluso, a sus cinco sentidos. Pero, sus ideas parecían seguir en buen estado, o eso creyó la muchacha.
¡Pero qué dices! Es una simple anciana de ochenta años, como tu abuela o la mía. Seguro que cocina grandes e interminables cocidos a sus nietos. Seguro hace sufrir a sus hijos repitiendo, día y noche, las mismas historias, de su juventud, que les contaba hace diez años. Y, ya para terminar, el colmo de los ancianos: seguro que padece una pequeña cleptomanía. Sí, esa extraña adicción que tienen los abuelos de coleccionar  bolsitas de azúcar de los bares, pañuelos sin usar o, simplemente, cualquier cosa pequeña que pongas a su alcance. ¡No fantasees con una anciana que ni conoces!- Replicó el amigo creyéndose superior ante la muchacha. Un hecho deplorable. Aunque, razón no le faltaba…
Realmente, aquella bella mujer, era una anciana. Sí, seguramente, hubiera sobrealimentado a sus nietos con cocido y hubiera aburrido a sus hijos con largas historias, si los hubiera tenido. Sí, padecía de una pequeña cleptomanía, pero no coleccionaba bolsitas de azúcar, ni pañuelos. Aquella hermosa dama, únicamente, coleccionaba, junto a la soledad, RABIA.
Sí, rabia acumulada tras años, rabia que ocultaba con buena cara, rabia que robaba de los malos momentos, rabia que ya quemaba.

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