domingo, 28 de septiembre de 2014

Bajo las estrellas de Toulouse


Me viene a la mente ese momento en que me enseñaste donde se encontraba la constelación de mi símbolo del zodiaco, la constelación de cáncer. 
Iba por las oscuras y húmedas calles de Toulouse… cuando por sorpresa apareciste a mi lado y rodeaste mis hombros con tu brazo para que no temblara por el frio. Empezamos a andar juntos en silencio, ni un suspiro salía de nuestras bocas. Hasta que me dedicaste una de tus sonrisas, una sonrisa de complicidad, enseñado tus grandes dientes y con un brillo único en los ojos. Cogí fuerte la mano que tenías en mi hombro y esta se movió de lugar. Tirándome de la cintura me acercaste a ti, alzaste tu brazo en el oscuro cielo y con el dedo índice señalaste cinco pequeñas estrellas que apenas brillaban. Nuestras manos se juntaron y siguieron el dibujo que hacían esos pequeños puntos brillantes en el  gran lienzo que es el cielo nocturno. Más tarde, me contaste que significaba esa constelación para ti. Y tras ver todo lo que me querías, decidí seguir observando esas estrellas hasta que nos dejara el sol.
Siempre fui como Ícaro, intentando volar lo más cerca del sol posible, queriendo alcanzar la gloria y pensando que lo que la luz no deja ver no existe. Pero esa noche me di cuenta que volar cerca del sol únicamente sirve para quemarse, que la oscuridad es bonita si alguien te acompaña en ella y que no hace falta la luz del sol para alcanzar la gloria, también sirve la de las estrellas.
Desde entonces, no sabes la ilusión que me hace alzar la vista en una noche estrellada y que me vuelvas a enseñar un millón de veces la constelación de cáncer. Así, siempre, quiera o no, recordaré donde està esa pequeña parte de nosotros.

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